
La desnutrición se produce cuando el organismo no recibe la cantidad suficiente de nutrientes esenciales para funcionar correctamente. Puede deberse a una ingesta reducida, a problemas en la absorción o a un aumento de las necesidades energéticas que no se está cubriendo.
Existen varias formas de desnutrición:
En las personas mayores, la desnutrición puede pasar desapercibida durante meses, ya que sus señales no siempre son evidentes. Sin embargo, su impacto sí lo es: afecta la movilidad, debilita el sistema inmunitario, altera el estado de ánimo y aumenta el riesgo de hospitalización. Detectarla a tiempo marca la diferencia entre mantener la autonomía o perderla progresivamente.
La desnutrición se produce cuando el organismo no recibe la cantidad suficiente de nutrientes esenciales para funcionar correctamente. Puede deberse a una ingesta reducida, a problemas en la absorción o a un aumento de las necesidades energéticas que no se está cubriendo.
Existen varias formas de desnutrición:
En las personas mayores, la desnutrición puede pasar desapercibida durante meses, ya que sus señales no siempre son evidentes. Sin embargo, su impacto sí lo es: afecta la movilidad, debilita el sistema inmunitario, altera el estado de ánimo y aumenta el riesgo de hospitalización. Detectarla a tiempo marca la diferencia entre mantener la autonomía o perderla progresivamente.
La desnutrición rara vez tiene una sola causa. Suele ser el resultado de varios factores que se combinan entre sí.
Patologías como la diabetes, la insuficiencia cardíaca, la EPOC, el cáncer o las enfermedades gastrointestinales pueden reducir el apetito, dificultar la digestión o alterar la absorción de nutrientes. Algunos tratamientos farmacológicos también generan efectos secundarios que afectan la alimentación: boca seca, alteración del gusto, náuseas o disminución del hambre.
A estos factores se suman dificultades para masticar (problemas dentales o prótesis mal ajustadas) y trastornos de deglución que limitan los tipos de alimentos que se pueden consumir.
Las dificultades para cocinar, hacer la compra o desplazarse al supermercado generan dietas poco variadas, con menor aporte nutricional o, en algunos casos, ayunos no intencionados.
Reconocer las primeras señales permite actuar antes de que la situación se complique. La desnutrición no aparece de un día para otro, deja pistas claras si se sabe dónde mirar.
Ante cualquiera de estos signos, es recomendable consultar con un profesional de la salud para una evaluación nutricional. Herramientas como el MNA (Mini Nutritional Assessment) permiten identificar el riesgo de desnutrición de forma sencilla y actuar de forma preventiva.
A nivel físico:
A nivel cognitivo y emocional:
Las enfermedades crónicas y la desnutrición están profundamente conectadas. Las patologías crónicas alteran el metabolismo, aumentan las necesidades energéticas y, en muchos casos, reducen el apetito. Es un círculo difícil de romper si no se aborda de forma activa.
Las personas con cáncer o enfermedades pulmonares, por ejemplo, suelen experimentar inflamación sistémica que reduce el apetito y aumenta el gasto energético. En estos casos, la ingesta cae justo cuando el cuerpo necesita más nutrientes. Los tratamientos oncológicos, los corticoides o ciertos antibióticos pueden alterar el sabor de los alimentos o provocar náuseas, dificultando aún más la alimentación.
El abordaje en estas situaciones requiere un enfoque multidisciplinar que combine la atención médica, el seguimiento nutricional y, cuando sea necesario, el apoyo profesional en el hogar. En Senniors ofrecemos servicio de nutrición a domicilio precisamente para diseñar planes que respeten las preferencias de cada persona y se ajusten a su situación clínica concreta.
La prevención empieza por identificar las señales tempranas y acompañar desde un enfoque positivo, respetuoso y adaptado a cada persona. No se trata de imponer dietas estrictas, sino de construir hábitos sostenibles.
Una dieta variada debe incluir:
Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: incluir alimentos ricos en proteínas en cada comida, optar por texturas fáciles de masticar en caso de dificultad, o fraccionar la ingesta en 5 comidas pequeñas en lugar de 3 abundantes.
La sensación de sed disminuye con los años, así que conviene no esperar a tenerla para beber. Lo recomendable son entre 1,5 y 2 litros de líquidos al día, salvo restricción médica. Además del agua, ayudan los caldos, las infusiones, las cremas de verduras y las frutas con alto contenido en agua como la sandía o la naranja. La deshidratación agrava la desnutrición y dificulta la absorción de nutrientes.
Los suplementos pueden ser útiles cuando hay déficits específicos detectados o cuando la ingesta oral no cubre las necesidades. No deben sustituir una alimentación variada, sino complementarla. Su uso debe estar siempre supervisado por un profesional sanitario.
Si vivir solo o las dificultades para cocinar son un obstáculo, contar con una cuidadora a domicilio que ayude con la compra, la preparación de comidas y el acompañamiento durante las ingestas puede transformar el día a día.
Cuando ya existe un diagnóstico de desnutrición o se sospecha, es fundamental actuar sin demora. El tratamiento combina varias líneas de trabajo coordinadas.
Es importante valorar las posibles causas subyacentes, ajustar la medicación si interfiere con la alimentación y tratar cualquier patología que esté contribuyendo a la pérdida de peso o de apetito. La revisión periódica con el equipo médico es imprescindible.
La actividad física moderada favorece el apetito, mejora la masa muscular y refuerza la autonomía. Caminar, ejercicios de fuerza adaptados o sesiones de fisioterapia a domicilio pueden marcar una diferencia notable, especialmente cuando la movilidad está reducida.
El seguimiento individualizado permite adaptar el plan a las preferencias, necesidades y capacidades de cada persona, sin imponer dietas estrictas ni culpabilizadoras. Pesar a la persona cada dos semanas, registrar las ingestas y revisar la evolución con el equipo de salud son acciones simples que aportan información muy valiosa.
La nutrición en esta etapa de la vida es mucho más que comer: es una forma de cuidar la autonomía, la energía y el bienestar emocional. En Senniors acompañamos a las familias con profesionales de nutrición a domicilio, cuidadoras especializadas y terapias adaptadas para que cada persona pueda alimentarse con placer, seguridad y dignidad. Porque comer bien es, también, una forma de seguir disfrutando de la vida.
El papel del cuidador es fundamental: crear compañía mientras se come, ofrecer comidas pequeñas pero frecuentes, adaptar texturas a las necesidades, y generar un ambiente tranquilo sin presiones. Observa cambios en el apetito, asegúrate de que toma medicamentos a tiempo y facilita consultas médicas. Los cuidadores de Senniors están formados para detectar señales tempranas e implementar estrategias personalizadas.
Busca ayuda médica si detectas pérdida de peso no explicada en menos de 3 meses, debilidad extrema que limite actividades diarias, o cambios severos en el apetito. También si hay signos de deshidratación, confusión, caídas recurrentes o si los intentos de mejorar la alimentación no funcionan. Un diagnóstico temprano es clave para un mejor pronóstico.
Apuesta por proteínas de fácil digestión: huevo, pollo, pescado, legumbres. Añade grasas saludables con aguacate, frutos secos y aceite de oliva. Incluye productos lácteos ricos en calcio: yogur, queso. Las frutas y verduras coloridas aportan vitaminas y minerales. También son útiles batidos caseros, purés nutritivos y caldos con nutrientes. La variedad y presentación atractiva favorecen el apetito.
Las personas mayores pueden perder apetito por múltiples razones: cambios en el sentido del gusto y olfato, problemas dentales, medicamentos que afectan el hambre, depresión, soledad o aislamiento social. También influyen dificultades para masticar o tragar, problemas digestivos, y la falta de estímulo al comer solo. Identificar la causa es fundamental para intervenir.
Pérdida de peso involuntaria, debilidad muscular, fatiga constante, piel pálida o apagada, heridas que cicatrizan lentamente, cambios de humor o depresión, mareos y caídas frecuentes. También puede haber pérdida de cabello, uñas frágiles y problemas de concentración. Estos síntomas pueden ser silenciosos al principio, por eso es importante hacer revisiones periódicas.